Vítor González: El arte como herencia y resistencia

En las primeras semanas de julio, entrevisté a Vítor González, artista visual de Asturias, cuya obra se sumerge en las memorias de la cultura celta y del paisaje asturiana como fuente viva de inspiración. Acompañar su trabajo es como hojear un códice antiguo, donde imágenes, signos y elementos naturales se entrelazan con una delicadeza que solo quien tiene raíces profundas sabe expresar.

En este encuentro, pude ver a un artista que trabaja desde el corazón de la tradición celta. Más que hablar de técnica o de escena musical, hablamos de raíces, de la importancia del arte y de la memoria colectiva. Vítor cree que cada uno de nosotros crea su propio lenguaje personal para expresar su arte. Ese léxico íntimo se alimenta de nuestras influencias, de las lecturas que nos marcaron, de nuestros gustos. Parte de ese lenguaje es heredada: se inserta en una tradición y florece dentro de ella.

“Heredamos una melodía que ya fue cantada por nuestros abuelos, luego por nuestros padres; y nosotros la interpretamos nuevamente, añadiendo nuestros propios elementos, nuestros sentimientos, nuestro tiempo. Le damos un soplo contemporáneo, pero la esencia permanece viva, y así sigue, siendo transmitida hasta llegar a nuestros hijos.”

El espíritu creativo ancestral

Citando a Luis Eduardo Aute, Vítor habló del arte como una forma de no renunciar a nuestro espíritu creativo, de preservar la curiosidad incorruptible que todos tuvimos cuando éramos niños. Crear no por reconocimiento ni por estatus, sino por un placer íntimo. Y así, sin pretensión, fue delineando una definición de arte como lenguaje personal, heredado y reinterpretado.

“El deseo de crear es universal, pero cada uno de nosotros busca su propia motivación, su propio ‘combustible’ para dar inicio a la creación.”

Lo celta, en este contexto, no es una estética ni un género. Es un hilo de continuidad, un compromiso con lo que vino antes y con lo que aún vendrá. Ser celta es asumir un compromiso con la memoria, con aquello que nos fue transmitido —incluso sin palabras— por voces ancestrales. Es honrar a quienes vinieron antes, reinterpretando su melodía con nuestro propio soplo de vida, sin romper con la esencia.

“Eso es lo que significa, para mí, ser celta: interpreta tu melodía, hazla tuya y de tu tiempo, pero sé consciente de que esa melodía ya fue interpretada por otros que vivieron generaciones antes que tú… y continuará siendo interpretada después de ti.”

Un camino de resiliencia en el arte

Este es un pensamiento alentador ante los desafíos contemporáneos que enfrentan los artistas. Las dificultades externas siempre están presentes, pero no deben afectar de forma determinante. Vítor aconseja a los artistas ser resilientes, mantener su identidad en medio del ruido y de la incertidumbre.

“Que busquen dentro de sí, de su familia, de su comunidad… El verdadero artista trabaja para expresar algo que lleva dentro, algo que arde, y lo hace por una necesidad existencial. Porque la creación, según él, es un proceso endógeno, un fuego que no depende del mercado ni del algoritmo.”

En un mundo marcado por el inmediatismo, la velocidad y el consumo, escuchar a alguien hablar de su arte como algo heredado, íntimo e imperecedero es, en sí mismo, un acto de resistencia.
Vítor cree que el artista necesita, antes que nada, descubrir su mensaje: aquello que lleva en lo más profundo de sí y necesita ser expresado.
Si hay algo verdadero que decir, entonces enfrentaremos con valentía la crítica, el mercado, la censura y a todos los que intenten silenciar. Porque la creación, cuando nace de una necesidad existencial, es más fuerte que cualquier obstáculo externo.

Preservar esa herencia es, al final, un acto de valentía y de amor. Es el compromiso de mantener encendida la llama de la cultura, del arte y de la esperanza. Que nuestro arte, nuestras historias y melodías sigan resonando, conectando pasado, presente y futuro.